Los Atlantes consiguen la mejor racha de victorias de su historia

Quizá el titular que encabeza este artículo les pueda parecer sumamente prepotente o, incluso, insignificante.  Que un equipo por ganar dos partidos consecutivos se atribuya una nueva marca en su historia puede parecer una osadía. Pero, señoras y señores, esto es rugby.

A ninguno de los chavales que cada fin de semana se enfunda la camiseta del Úbeda Atlantes Rugby Club un experimentado rugbier les ha explicado qué significa este juego, los valores que entraña o todo aquello que trasciende a lo que sucede en el campo. Pero lo saben. De la misma forma que saben a la perfección cuál es su función sobre el césped. Los entrenamientos, pese al enorme trabajo de preparación que dedican Fernando y Pedro, no suelen ser muy concurridos. Hay incluso quien no se enfrentó jamás a un partido de rugby hasta el pasado sábado en el complejo jiennense de Las Lagunillas.

No obstante, cada fin de semana, cuando los jugadores del Úbeda Atlantes se preparan para saltar al campo, una extraña comunión entre el presente y el pasado se produce en el interior del vestuario. Y es que, como ya dijese el estudioso francés Henry García, “el rugby es una maravillosa escuela de vida”. Y cómo se aprende de la vida si no es viviéndola. Por eso, cuando saltan al campo lo hacen con seguridad y tranquilidad. Con la seguridad de saber a la perfección cuál es su cometido y con la tranquilidad de que van a divertirse. Entonces, cuando esto sucede, el resultado solo tiene un nombre: victoria.

Si no, explíquenme cómo tras anotar el primer ensayo del partido y convertir la transformación, nada más recepcionar el saque de centro del Universitarios, los atlantes lograron el segundo ensayo de su cuenta. No puedo garantizarles que haya visto todos los partidos de rugby que se han jugado a lo largo de la historia de este centenario deporte, pero sí les puedo asegurar que no es habitual posar en la zona de marca dos veces en apenas tres minutos.

12-0 reflejaba entonces el marcador. Los atlantes, unos chavales que, como comentamos la semana pasada, entrenaban en la calle, estaban sorprendiendo a uno de los equipos del Jaén Rugby. No volvían a funcionar las melés, los códigos de las touches acababan por regalar el balón a los rivales, pero de poco importaba. Los universitarios empezaban a trenzar jugadas, a mover el balón, pero los atlantes disfrutaban en el campo.

Y si en la mayoría de los deportes son los puntos que se anotan aquellos que acaban por decantar el partido hacia uno u otro lado, en rugby no sucede lo mismo. La confianza se torna determinante y cuando uno de los púgiles ve cómo se le escapan los puntos que tenía al alcance de la mano acaba por pagarlo. Los universitarios lo saben y el Úbeda Atlantes no dejó resquicio alguno para lograr impedir un ensayo cantado del combinado jiennense, que como pueden imaginar se quedó a las puertas de los puntos.

Pero los atlantes son unos tipos extraños. No solo porque se desvivan por un deporte que muchos definen como una “concepción excepcionalmente civilizada de la realidad” (como diría el periodista Albert Turró), sino porque pienso, que para dar más emoción a su hazaña, se permiten el lujo de relajarse al entrar en los segundos cuarenta minutos de encuentro. Fue el único instante del que gozó el equipo de la capital para posar el oval (12-5).

Los cambios efectuados comenzaron a entrar en calor y a sentir esa extraña comunión de la que les hablé para contribuir al trabajo de sus compañeros. Y así, avanzando metro a metro, como también han de hacer en el ámbito burocrático, los atlantes volvieron a anotar. Cual reloj suizo, el trabajo de los delanteros dejó paso a la labor de los tres cuartos que trenzaron una genial jugada para hacer el tercer ensayo del encuentro (17-5). Luego, gordos y flacos, fuertes y veloces, decidieron aunar fuerzas para que finalmente Salva sentenciase el partido.

Por increíble que parezca, volvieron a hacerlo. Los Atlantes consiguieron por segunda vez consecutiva sorprender al propio rugby al romper muchas de las máximas que gobiernan este deporte y de paso firmar la mejor racha de su historia. Dos de dos. Y lo mejor está por llegar, porque si son capaces de todo esto entrenando en enclaves como la Plaza Vázquez de Molina o una pista de fútbol indoor, ¿de qué no serán capaces cuando puedan trabajar todas las fases de juego en el campo municipal de San Miguel? Lo dicho, prepárense. El rugby, que llegó hace tres años a la ciudad de los cerros, ya ha deshecho las maletas para quedarse.

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